lunes, 16 de enero de 2017

Peter Singer y la ideología de género

Un columnista de eldiario.es, a favor del asesinato de niños con varios meses de vida

El filósofo Peter Singer es uno de los ideólogos más influyentes en las políticas de la izquierda actual. Sus argumentos se utilizan para defender la eutanasia, el aborto, la zoofilia e incluso el asesinato de niños recién nacidos.
Fernando Paz
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Los lectores de eldiario.es, el digital que dirige Ignacio Escolar, ya pueden leer los artículos del filósofo Peter Singer, firme defensor de que se libere la práctica del aborto y se extienda a los niños hasta un mes después del nacimiento. Lleva años generando polémica, aunque algunas de sus propuestas -aborto, eutanasia,…- ya han sido aceptadas por varios gobiernos de países occidentales.
Hace un cuarto de siglo, Singer puso en marcha el Proyecto Gran Simio, que recibió el apoyo de personalidades del mundo científico como Richard Dawkins y Jane Goodall. Este proyecto se basaba en un principio que situaba a los simios a la misma altura que los seres humanos y, en algunos casos como el de los bebés no nacidos, pretendía concienciar a la sociedad de que debían tener una consideración inferior que los chimpancés. Así, aseguraba que: “un feto humano, sin más sentimientos humanos que una ameba, goza de una reverencia y una protección legal que excede en gran medida a la que se le concede a un chimpancé adulto”.
En España las teorías de Singer tuvieron influencia en el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero que llegó a reconocer derechos humanos a los simios en 2006.
Cuando el Partido Socialista aprobó en 2010 una ley de aborto que consideraba a este como derecho –derecho consagrado por el Partido Popular- la ministra Bibiana Aído se negó a tener en cuenta los argumentos de las asociaciones pro-vida a las que había convocado en un alarde de talante zapateril (¿para qué, aparte de por el alarde…?)
El argumento de la ministra fue que “la sociedad española ya había cerrado ese debate”. El del aborto, claro. Así que aquella era una cuestión sobre la que no procedía pronunciarse sino en cuanto a su articulación.
Aunque, desmintiendo a la ministra, hubiera muchos millones de españoles que no estaban de acuerdo en que lo que la ley permite sea justo, ni humano, ni digno, en un par de cuestiones sí tenía la razón.
Una primera: dada la hegemonía ideológica progresista son ellos, y solo ellos, quienes determinan cuando se abren y se cierran debates.
Y una segunda: el debate del aborto está tan superado en los think tank progres, que estos se hallan en otra etapa de su marcha triunfal hacia la tierra de promisión: el infanticidio. Y al frente de ellos, los filósofos del llamado “utilitarismo ético”, comandados por Michael Tooley y, sobre todo, por Peter Singer.

Liberación Animal

Peter Singer es un filósofo que se dio a conocer hace ya cuarenta años al publicar “Liberación Animal” (1975), obra en la que recababa el fin del especismo, esto es, la consideración de que el hombre sea algo distinto y superior al resto de animales. Aunque no puede decirse que su concepción progresista de la existencia hunda aquí sus raíces en exclusiva, no cabe duda de que ha sido el “animalismo” lo que le ha dotado de la suficiente originalidad como para convertirse en uno de los referentes esenciales del pensamiento de la izquierda más vanguardista. Desde entonces ha desplegado con insistencia su doctrina hasta, finalmente, calar en la sociedad occidental.
Además, Singer es un eminente defensor de la eutanasia y la zoofilia entre lo que eran, en los setenta, otras visiones alternativas de la realidad. Ardiente partidario de la primera, para la segunda sólo concibe el límite que impone el daño que se pueda infligir al animal.
Esa protección al “animal no humano” le ha llevado a afirmar que la mera pertenencia a la especie humana no es un hecho determinante en cuanto a conferirnos el derecho a la vida. Lo que realmente nos hace dignos de ese derecho es el desarrollo de la autoconciencia. Por ejemplo, Singer no niega la naturaleza humana del feto, lo que considera una evidencia. Pero su razonamiento no le conduce a negar el derecho al aborto en función de ese carácter humano del feto; antes al contrario, le lleva a razonar que, si el aborto es permisible pese a la naturaleza humana del feto, parece lógico que el infanticidio también lo sea.
Para ello, ha desarrollado una teoría conocida como “agregacionismo”. Según esta idea, lo esencial es maximizar la suma total de bienestar de los individuos sin que la desigualdad de la distribución de ese bienestar juegue papel alguno. De acuerdo a esta idea, el bienestar total es mayor cuando una mujer decide abortar -por conveniencia o deseo-, a una criatura carente de conciencia, que cuando el nacimiento de esta criatura inconsciente contraviene las conveniencias o los deseos de una mujer adulta.
La idea de sufrimiento se ha convertido en Singer en una obsesión. En su imaginario, su evitación lo justifica todo. El núcleo de su filosofía es que debemos actuar primordialmente con objeto de prevenir o reducir el sufrimiento. La ausencia de consciencia tiene la ventaja de que permite que no haya sufrimiento, de modo que el recién nacido, al no haber desarrollado esa autoconciencia, puede ser eliminado sin trabas. Singer contempla positivamente el infanticidio, definiendo con precisión: «el niño no tiene estatus moral porque no es consciente de sí mismo», por lo cual establece en unos seis meses el plazo para matarlo.
En sus últimos años ha realizado la transición de lo que era el “utilitarismo de preferencias” (definición que Singer aplica al utilitarismo clásico de Stuart Mill) hacia el “utilitarismo hedonista”, a través del cual sostiene que lo decisivo es la maximización de las experiencias positivas y la disminución de las experiencias negativas de los individuos. En lo que hace a los niños recién nacidos, asegura que “mientras la pertenencia a la especie humana no es relevante, sí que lo es la personalidad.” Singer sólo acepta la existencia de derechos como resultado de la derivación de principios utilitaristas.
Tal y como recoge en "Writings on an Ethical Life", el lógico desarrollo de tales principios conduce a la propuesta de que es admisible la eliminación de todos los recién nacidos con limitaciones físicas y mentales consideradas severas. La eutanasia sería recomendable para los enfermos terminales y los ancianos que constituyan "una carga para el bienestar de la sociedad", ya que el bienestar total es mayor liquidando a tales personas y no causando perjuicios –personales y económicos- al conjunto de la sociedad, que manteniendo tales vidas, que exigen permanentes cuidados y molestias. Así, si el animal (el animal no humano en la jerga animalista) es saludable, su vida es más digna de respeto que la de un ser humano que no lo sea.
Establecido el principio de que lo esencial es “lo” saludable, con independencia del ser al que nos refiramos, parece lógico concluir que el humano debe ceder ante la Naturaleza, a la que pertenece y, por tanto, de la que no puede disponer.
No es difícil colegir que los filósofos de esta corriente y, por tanto, del animalismo, son resueltos defensores de las políticas antinatalistas, decididos partidarios del control de población y de la promoción de la esterilidad.

El Especismo

Como ya se ha dicho, los defensores del animalismo han acuñado un término, especismo (fue el psicólogo británico Richard Ryder, en 1970, su creador) para denominar la separación entre el animal y el humano. De acuerdo a la teoría antiespecista, las barreras entre nosotros y los animales deben desaparecer hasta afirmar una igualdad radical, como otras han caído a lo largo de la historia.
Y así, aprovechando los sentimientos humanitarios de muchas personas hacia los animales -sentimientos que, en sí mismos, son innegablemente positivos en cualquier sociedad civilizada- despliegan una filosofía humanófoba de inequívoca raíz materialista.
Porque el animalismo no es otra cosa que la última consecuencia –hasta el momento- del marxismo cultural: el objetivo nuclear de Marx era la desaparición de toda relación de dominio, si bien él desarrolló esta idea básicamente en el campo de la historia y la economía. Engels, sin embargo, ensancharía su perspectiva –revisando la raíz exclusivamente económica de los procesos históricos-, y a lo largo del siglo XX la idea de eliminar cualesquiera causas de dominio se hizo extensiva al conjunto de posibles relaciones, más allá de su condición de infraestructura económica.
La siguiente etapa consistiría en suprimir el pretendido dominio del varón sobre la hembra, el patriarcado, a través del movimiento feminista. Los viejos marxistas pertenecían a una generación machista, por más comunistas que fueran, acusaban los revoltosos del 68; sin duda el Partido Comunista Francés había sido una auténtica escuela de filosofía, pero su organización y valores eras innegablemente patriarcales.
A esas alturas ya se estaba acometiendo el derribo de las dos últimas barreras de dominio: la de la heterosexualidad sobre la homosexualidad, y la de los adultos sobre los niños, ambas de la mano de la marxista Escuela de Frankfurt.
Pero, en definitiva, la supresión de toda esta cascada de imposiciones se había restringido al ámbito puramente humano; justamente eso es lo que animalismo trasciende. La discriminación de los animales por parte del hombre no es más que la expresión de ese atávico instinto de dominio, que ya vamos suprimiendo en las relaciones entre personas pero que aún permanece en nuestra relación con los animales y, más genéricamente, con la Naturaleza.
El animalismo se conforma, así, como la última y más radical expresión de un materialismo humanófobo hijo del marxismo cultural.
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